filosofía

La mujer que al pecar nos hizo racionales

montypython_creacion2Eva, como Prometeo, robó a Yavé la capacidad de discernir el bien y el mal. Palabra de Dios.

Primera cuestión: para qué creó Dios al hombre
Tras leer detenidamente el primer capítulo del Génesis, en la versión oficial de la Iglesia católica (Nacar-Colunga 1991) he llegado a la sorprendente conclusión de que Yavé-Dios quiso que los hombres fuésemos animales pero no precisamente racionales y, menos aún, libres. Más bien, como el Rey León, un “primero entre iguales”, una bestia que ejerciese de macho alfa con las demás bestias. Y probablemente una mascota de Yavé, para que le hiciese compañía en sus paseos matutinos, cuando salía a tomar el fresco en el jardín (sic).

Así habría que entender la frase: “Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó” (Génesis 1.27). Parecido a su “imagen” sí, pero no como Él. Desde luego, no capaz de pensar libremente y de tomar decisiones susceptibles de acertar o equivocarse.

En este capítulo, digno del humor inglés de Monty Python, puede verse el diseño divino para nuestra especie. Y también quién torció ese proyecto. Pero vayamos por partes.

Fijémonos en el momento en que fueron acabados los cielos y la tierra: “Y rematada en el día sexto toda la obra que había hecho, descansó Dios el séptimo día de cuanto hiciera”. (Gen 2.2) Siempre lo hemos entendido  como que Dios descansó un rato. Pero ahora me parece claro que lo que hizo en realidad fue jubilarse. La prueba: a partir de ese día, nadie se ocupó del mantenimiento del edificio de la Creación.

Aunque el Génesis no hace alusión a que Dios se construyese una segunda residencia, explica con detalle que construyó un jardín con un impresionante sistema de riego y lo pobló de plantas y animales. Precisa incluso que Yavé “se paseaba por el jardín al fresco del día” (Gen 3.8). Es decir, que hacía vida de jubilado. Y no quería problemas con animales sueltos; para mantenerlos en el redil creó al hombre. Ni siquiera le creó para ser capataz del rancho; le bastaba con que ejerciera de jefe de la manada.

Del Génesis no se deduce que Dios fuese muy inteligente. Trabajador sí; eso no puede negarse. Y que se había ganado el retiro, también. Pero inteligente, inteligente…

¿Qué se puede pensar de Alguien que planta en su jardín un árbol de la ciencia que da el conocimiento, junto a un árbol de la vida que da la vida eterna, y prohibe a Adán y Eva comer del primero, pero no del segundo? Yo no digo que tuviese Alzheimer. Dios me libre. Es Él mismo quien lo reconoce, tras descubrir que Adán había comido del árbol prohibido: “Díjose Yavé-Dios: ‘He ahí al hombre, hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal; que no vaya ahora a tender su mano al árbol de la vida, y comiendo de él, viva para siempre” (Gen 3.22). ¡Se le había olvidado prohibirlo! Eso suele pasar con la edad.

Así no me extraña que se olvidase también del mantenimiento de la obra.

Segunda cuestión: el pecado original
¿Cómo nos convertimos en animales racionales (“homo sapiens sapiens”)? ¿Por evolución, quizás? Nada de eso. Gracias a nuestra abuela Eva, que desobedeciendo la orden tajante de Yavé, comió del árbol del conocimiento del bien y del mal y así adquirió la divina capacidad de pensar y discernir, de acertar y equivocarse; es decir, la libertad humana.

Lo extraordinario de esta mujer no es que antes pensase mucho; pensaba tan poco como su compañero. Lo maravilloso es que fuese capaz de ver lo nuevo, que los demás no veían cuando miraban. Cierto que le ayudó la serpiente. Pero lo importante es que lo vio, tomó una decisión y la compartió con su pareja.

Y ¿qué sucedió luego? Que desató la furia de Dios; una furia que dejó pequeña la de Poseidón cuando Ulises le insultó a orillas de Troya. Qué cosas le dijo, ¡Señor! Ni me atrevo a copiarlas, pues son de un machismo y una violencia (de género) que me dan vergüenza ajena.

Y de vergüenza parece que se trata, después de todo: de que sigamos avergonzados por aquel pecado de desobediencia de nuestros primeros padres. Pero ¿por qué seguir avergonzados y no sentirnos orgullosos?

Los griegos contaban a sus hijos con orgullo la historia de Prometeo. Cito a la Wikipedia, que tiene mucho saber: “En la mitología griega, Prometeo es el Titán amigo de los mortales, honrado principalmente por robar el fuego de los dioses, darlo a los hombres para su uso y posteriormente ser castigado por Zeus por este motivo”. Ahí está: lo que para judíos y cristianos es motivo de vergüenza, para los antiguos griegos era motivo de orgullo y honra.

Sólo queda señalar que el “Prometeo”  de la Biblia fue mujer: que judíos, cristianos y musulmanes la conocen como “Eva”. Que gracias a ella somos libres y podemos pensar por nuestra cuenta. Y que ese “pecado original” fue el acto de nacimiento de nuestra humanidad como seres racionales y libres.

En el Génesis encuentro la sabiduría de un pensar que aún no había sido corrompido por doctores de las diversas religiones. Ellos han intentado ocultar meticulosamente aquella sabiduría pre-filosófica. Y durante muchos siglos lo consiguieron, pero solo en parte. Porque ahí sigue la sabiduría, para los descarados que se atrevan a mirarla directamente. Los griegos nos enseñaron a buscar el saber aún a costa de robar el fuego de los dioses. También nos enseñaron el orgullo de ser mortales y les honramos por ello. Pero los autores de la Biblia también están dispuestos a enseñarnos, siempre que sepamos escucharles sin intérpretes.

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Para ver esta historia como metáfora de lo que sucede entre nuestros hemisferios cerebrales, ver La extraña pareja que se disputa mi cerebro.

– También El Procusto controlador que llevamos dentro.

(3) Ver Goldberg: Novedad y rutina en el cerebro.

Acerca de diferenciar el bien y el mal, ver Diferenciar el bien del mal.

– Y también François Jullien: el bien y el mal.

Y, a más: ¿Qué nos diferencia de los animales?.

Ver también las entradas acerca de la libertad.

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3 thoughts on “La mujer que al pecar nos hizo racionales

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