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Inteligencia espiritual

inteligencia espiritual1De los diversas tipos de inteligencia humana, la capacidad de ser feliz toca lo más profundo de la existencia desde que existe nuestra especie. A lo largo de la historia  se la ha conocido con los nombres de magia y religión. Pero desde hace unos pocos años, algunos han empezado a referirse a ella con el nombre de inteligencia espiritual.

Orígenes de la inteligencia espiritual
Sus huellas más antiguas tienen 40.000 años y coinciden con la aparición del hombre moderno. Son las primeras manifestaciones que se han conservado del espíritu humano: el respeto a los muertos y la creación de imágenes. En ambos casos, es la prolongación simbólica de la existencia, más allá de los sucesos de caza y de la existencia real de animales y de humanos. Era un destilado de la experiencia existencial de cazadores y recolectores que no se conformaban con existir en el presente. Hemos perdido otros lenguajes, como los que usaron para relatar o escenificar en vivo las experiencias que más les afectaban. Pero incluso de ellas podemos hacernos una idea por las representaciones gráficas que plasmaron en los muros de las cuevas que habitaron.

Treinta milenios después, la gran revolución neolítica que dio nacimiento a la agricultura y la ganadería, enriqueció profundamente la experiencia humana. El sentido de la muerte como fuente de la vida: lo que aquí se entierra, crece. El sentido de la reproducción: el mejor grano, la mejor res pueden y deben preservarse, renunciando a alientarse de ellos, para dedicarlos a la siembra, a la reproducción, con la esperanza de que proporcionen así ciento por uno.

En esta nueva cultura, los humanos descubrieron en los seres que constituían su alimento, que más allá de su muerte había una posibilidad que podían hacer realidad mediante una nueva inteligencia. ¿Cómo no pensar que su propia vida se hallaba también conectada a la de otros seres, más allá del límite impuesto por la propia muerte?

La experiencia mostraba que la vida seguía, aún cuando los individuos desaparecieran. Si la vida, la naturaleza, el rayo y el sol eran inmortales,  tal vez la inmortalidad fuera algo compartido por todos los seres. ¿Quién se atrevería a negarlo? Las religiones fueron naciendo al hilo de relatos dramáticos sobre estas experiencias que, a la larga, se generalizaron como mitos acerca de la creación del mundo. Con el paso de generaciones, esos mitos se consideraron sagrados, es decir, procedentes de ese más-allá misterioso al que precisamente aludían. ¿De dónde podían provenir si no?

Al principio, fueron los ancianos quienes contaban esas historias que daban sentido a la vida y a la muerte. Luego se convirtió en especialidad de hombres y mujeres que sabían  lo que otros ignoraban: misterios acerca de enfermedades y su curación, acerca de comunicarse con los muertos. El vacío, la nada y los grandes misterios se convirtieron en sustancias y personajes conocidos por  chamanes, brujos y hechiceras. Y el mayor misterio de todos: la propia existencia humana. Ellos descubrieron el poder del lenguaje y la mirada para hacer el bien (y también el mal) a distancia. Magia blanca y magia negra. La inteligencia espiritual creció confundida con otros tipos de inteligencia: instrumental, emocional y de poder social, con la magia y la superstición.

Nacimiento de las religiones y de la filosofía
Ya no era un territorio sin explorar. Cuando la mejora de rendimiento en la agricultura favoreció la agrupación de cientos y más tarde miles de personas, en tierras especialmente fértiles de la desembocadura de los grandes ríos, como el Tigris, Eufrates y el Nilo, sus moradores tuvieron que fortificar los límites de sus asentamientos, para defenderlos de extraños que los envidiaban. Y así emergió la conciencia de compartir un destino común más persistente que los propios individuos. El destino de la ciudad se encarnó en un ser inmortal: el espíritu de la ciudad protegería a sus habitantes. Las funciones sociales se especializaron: trabajadores, soldados y sacerdotes dedicados a llevar las cuentas de su Dios.

Y hubo un caso que habría de tener especial importancia en la inteligencia espiritual porque, a diferencia de los anteriores, no fue la ciudad la que creó el Dios. Sucedió con tribus nómadas, que se movían con sus familias y rebaños y que levantaron murallas simbólicas que iban a ser más importantes que las de piedra para crear una identidad colectiva: eran los hebreos. Ellos construyeron un relato dramático de la creación del mundo protagonizado por un Dios único que les elegía a ellos como su pueblo. Un Dios sin cuerpo ni figura ni otra imagen que una llama que no se consumía. Pero que tenía voz y, con ella, se definía de manera inconfundible: “Yo soy el que soy”. Lo que significa ser el único y absoluto Dios. Este Dios discriminó al pueblo elegido del resto de los humanos, dio nacimiento a tres religiones y ha resistido a todos los cambios culturales habidos hasta ahora. La inteligencia espiritual, en el futuro sería llamada religión. Cada una con sus fieles que consideraban infieles a todos los fieles de las demás religiones.

La religión monoteísta de los hebreos fecundó incluso el nacimiento de la filosofía en Grecia. Este “amor por la sabiduría”, nació trayendo bajo el brazo unos conceptos, como el “logos” y el “ser”, que no podían ser pensados. Que aún muchos siglos después fueron considerados “a priori“, es decir previos al pensar. Por eso no es extraño que muy pocos siglos después de su nacimiento, los filósofos griegos “descubrieran” que el Logos y el Ser eran asimilables a Dios: lo absoluto que se sostiene a sí mismo, se define por sí mismo y sirve como referencia a todo lo existente.(1)

En resumen, religión monoteísta y filosofía occidental nacieron prácticamente juntos y crecieron sin romper nunca ese fundamento ideológico común. Esta historia es occidental. El pensamiento en oriente, especialmente en China, siguió otro camino. Apenas empieza a trazarse el mapa vista satélite de ambas rutas del pensar.(2)

La Iglesia como gestor del poder espiritual
Hace 20 siglos, la religión cristiana nació como un movimiento de seguidores de Jesús de Nazaret en el seno del judaísmo. Este movimiento fue extendiéndose por el imperio romano, perseguido por las autoridades que lo veían como un peligro. El Dios cristiano empezó siendo el mismo que el que había hecho de los hebreos el pueblo elegido. Pero cuando los cristianos empezaron a extenderse por los territorios del Imperio, ese Dios sufrió una mutación (en términos darwinianos) o un cambio de opinión (en términos humanos). Se convirtió en Padre de todos los humanos. Esto es, el cristianismo se convirtió en una religión potencialmente universal.

En el siglo tercero, el emperador Constantino comprendió que una religión universal era justo lo que necesitaba para dar cohesión espiritual a los diversos pueblos que formaban el Imperio. Legalizó el cristianismo y la convirtió en religión oficial del Imperio, aunque él mismo jamás se convirtió a la nueva fe. La nueva religión sólo era para él un instrumento de poder espiritual. Para utilizarlo, no tenía por qué creer en sus contenidos. Ese fue el comienzo de la Iglesia cristiana como institución y centro de poder de occidente. Desde entonces , el control de la espiritualidad se hizo progresivamente más estricto. Las creencias se convirtieron en Fe y la fe en Dogma, es decir, en algo obligatorio, primero para los cristianos y, con el paso de los siglos, para todo el que quisiera sobrevivir entre cristianos.

Mi propia experiencia
Mis primeros contactos con la inteligencia espiritual fueron dentro de mi propia familia católica en la España gobernada por una dictadura militar que había cedido el control espiritual a la jerarquía católica, una de las más retrógradas de Europa. A los cinco años pasé del “Jesusito de mi vida, eres niño como yo” a un colegio de frailes que me enseñaron y educaron durante once años.

Recuerdo que en el colegio aprendíamos de memoria el catecismo, una colección de preguntas y respuestas donde se explicaba todo lo que debíamos creer y hacer (y especialmente no-hacer) para ser buenos católicos.

A los siete años de edad aprendí a responder de memoria las preguntas del catecismo católico. Entre todas las preguntas, había una que siempre quería que me hiciesen, porque responderla me parecía de lo más divertido. He olvidado la pregunta, pero la respuesta correcta era ésta: “Eso no me lo preguntéis a mí, que soy ignorante. Doctores tiene la Santa Madre Iglesia que os sabrán responder”.

Era la única ocasión en que se me felicitaba por no saber algo y renunciar a saberlo. Esta virtud hasta tenía nombre: se llamaba la santa ignorancia. Apenas empezaba a poder pensar y ya se me decía que había cosas en que no debía pensar.

Pensar, querer saber, podía ser un pecado de orgullo. Pocos años después descubrí que en la biblioteca del colegio había un libro muy especial: el Índice de libros prohibidos. Tenía otro título que no recuerdo; pero el libro se encontraba en una vitrina cerrada con llave, junto a otros libros que tampoco se nos permitía leer. Bastaba con saber que “el Índice” existía. La expresión “Está en el índice” era el punto que ponía fin a toda cuestión cuando se nombraba un libro o un autor misteriosos. Ambos debían estar quemados. Pero ¿es posible que existiera un libro que contuviese todo lo que estaba prohibido? Cosa tan diabólica no debería existir; y, si existiera, debería estar no sólo prohibida sino reducido a cenizas. Eso sí que me parecía misterioso (aún no conocía la existencia de las paradojas).

Pero en aquél colegio, no era lo único extraño. También había una sala con el letrero “Laboratorio”. Por sus ventanales se veían instrumentos maravillosos. Pero la puerta siempre la vi cerrada con llave. Por suerte para mí, yo tenía a Don Emilio; pero esa es otra historia.

Otra fuente de conocimiento era el diccionario. A los once o doce años oí a otros compañeros la palabra “puta”, que prometía ser algo prohibido y por tanto interesante. En el diccionario encontré su significado: “mujer pública“, que no me aclaró nada. Pero el diccionario tenía muchas otras entradas, y busqué rápidamente qué significaba “mujer pública“. La respuesta fue desoladoramente inútil: “puta“.

A pesar de tales tropiezos, el paso por la infancia y la adolescencia no me planteó muchos problemas de inteligencia espiritual. El dogma católico era confortable. La “moral” católica me resultaba más difícil de cumplir. Si no lo hacía por amor a Dios, debería hacerlo por temor al infierno o a quedarme ciego. Los diez mandamientos se me fueron estrechando hasta convertirse en uno.

A los quince años descubrí de golpe que estaba absolutamente enamorado de una chica, año y pico más joven que yo. No sólo yo estaba cambiando. Las chicas también cambiaban ante mis ojos y ella especialmente. Mi madre descubrió al instante mi nuevo estado. Es increíble lo que una madre es capaz de adivinar. Me cogió a parte y me dijo: “Ten cuidado de no enamorarte del Amor“. Así me lo dijo, tal cual (creo que hasta con mayúscula). Y no dijo nada más. Así que me pasé los siguientes treinta años intentando adivinar qué era lo que habría querido decirme. Como no pude averiguarlo, ni me atreví nunca a preguntárselo, me dediqué a pensar por mi cuenta y en ello sigo.

Actualmente creo que efectivamente me enamoré del Amor, en vez de hacerlo de alguien real. Imaginé una relación maravillosa y la “encarné” asignándole un rostro y una voz conocidas. Construí un personaje inmortal que sólo existía en mi mente y, por tanto, en mis sueños. A lo largo de este proceso tuve ocasión de aprender algunas cosas acerca de la inteligencia espiritual, incluido su lado oscuro.

Por eso las entradas de este blog son como las miguitas que Pulgarcito dejaba tras de sí, para encontrar el camino de vuelta, a medida que se adentraba en el bosque. Pero en la vida real no hay vuelta atrás. Así que espero que estas migajas sirvan al menos a algún pájaro que pase por aquí.

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Termino -provisionalmente- esta entrada y me doy cuenta de que he escrito mucho pero no he dicho apenas nada más que fragmentos incompletos e inconexos. Habré de volver por aquí.

Muchas otras entradas de este blog tratan de la inteligencia espiritual. Las que se refieren a le estética existencial, las que se refieren a la magia. Y, por supuesto, a la religión.

(1) Acerca de la influencia del monoteísmo hebreo en la filosofía Griega, ver en este blog:  Lo impensado.

(2) Acerca de las vías separadas entre la filosofía occidental y el pensamiento chino, ver la entrevista a François Jullien.

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Ver también:

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