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El sentido y la razón

Las historias contadas a los niños o vividas por ellos desde la primera infancia, son una buena manera de ayudarles a crecer. Y también una oportunidad para los padres de ser mejores personas(1).

Una historia es una secuencia paradójica: una construcción racional, que posee y es capaz de transmitir un sentido emocional. También es así la historia de un ser humano desde su nacimiento. La situación que vive su protagonista adquiere sentido porque implica emociones. Esas emociones son como una flecha que atraviesa el tiempo de la historia, desde el pasado al futuro, sin apenas detenerse en el presente.

En el momento de nacer, el bebé se encuentra con la imperiosa necesidad de respirar; su primer grito expresa ya la angustia, que será la madre de todas sus angustias venideras.

Pero poco después dormirá tranquilo. Estar angustiado o tranquilo son sus primeros estados emocionales. A partir de ahí, situaciones y emociones se anudarán y desplegarán a lo largo de su vida, cada vez más complejas.

El cuerpo
La primera fuente de los estados emocionales es el cuerpo: la necesidad de respirar, de comer y beber, de protegerse del frío, del calor y del dolor, llevan a la alegría y el enfado. Cuando el bebé manifiesta una necesidad o dolor; sus allegados le cogen, alimentan, protegen, arrullan y besan; entonces está feliz. El contacto afectivo hace milagros. Son las pequeñas historias con final feliz.

Y a veces el estado de angustia no se le pasa y se desencadena la tormenta, la rabieta interminable, especialmente por la noche.

En los primeros meses, el bebé también aprende por experiencia lo que es la espera. La expectativa de lo que viene: tanto de lo bueno como de lo malo. Aparece un nuevo estado: la ansiedad; que, de prolongarse, dará lugar al estrés.

Los otros
familia1El segundo componente del entorno del bebé son las personas: padres, abuelos, hermanos, cuidadores y otros niños de la guardería. Aún sin saber distinguir entre sí mismo y los demás, sus emociones pronto lo harán; porque los otros son la referencia de las emociones sociales: el amor y odio en forma naciente: envidia, empatía, compasión, celos…

Un bebé reconoce todo lo que tiene ojos; y muy pronto aprende a imitar los gestos de los otros.

Sin saber nada de personas o de ojos, las neuronas espejo (que comparte con otros primates) le facilitan la imitación y el reconocimiento de sus semejantes.

Las cosas
En esta historia ya tenemos un protagonista y también otros personajes. Ahora sólo nos falta el atrezzo, la utilería, esas cosas que aparecen en escena.

Podría creerse que las cosas sean algo secundario. Pero son muy importantes; porque sin cosas, un bebé nunca llegaría a ser racional.

Y es que la Razón no cae del cielo, sino que va creciendo de abajo-arriba. Y para llegar a formarse, deben reunirse varias condiciones: la primera,  un cuerpo genéticamente humano, como el de este bebé, con un cerebro construido por los genes recibidos de sus antepasados, a los cuales la evolución convirtió en humanos, desde primates que vivieron hace unos pocos millones de años(2). Aunque nuestro cerebro empezó a diseñarse mucho antes(3). Y la vida, muchísimo antes(4).

La segunda condición que cumple este bebé es el haber nacido en un entorno social humano, dentro de una cultura determinada y en el seno de una familia, que le enseñará a hablar en uno o varios idiomas y a asumir valores y reglas transmitidas en su comunidad a lo largo de siglos.

Para adquirir todo ello -lenguaje, cultura y valores- necesitará también relacionarse con cosas materiales y sin vida. Deberá aprender a interactuar con ellas, de una manera que ningún otro ser vivo es capaz de hacer: ni plantas, ni animales, ni siquiera los monos más inteligentes.

Tendrá que convertirse -en la práctica- en filósofo. No siendo capaz de hablar, ya deberá aprender a distinguir entre el ser y la nada(5). Y experimentar el encuentro, la pérdida y el reencuentro.

Estos contenidos de la razón, los descubrió Aristóteles en el drama teatral, llamándolos presentación, nudo y desenlace(6). Es la estructura racional de la secuencia que sostiene cualquier historia. Tres siglos más tarde, Hegel descubrió con su tríada dialéctica(7), que esa estructura es la misma que sostiene la historia universal.

¿Estoy insinuando que un bebé de pocos meses es capaz de hacer y descubrir esas cosas, sin saber siquiera hablar? Sí, justamente de eso se trata; porque la razón empieza por adquirirse de manera práctica, antes de poner nombre a las cosas. Aún sin nombres se pueden construir historias, vivirlas y compartirlas.

El bebé humanos de 5-8 meses de edad está preparado para la razón práctica, porque reúne todas las condiciones para ello: un cuerpo adecuado, manos capaces de tocar, agarrar y manipular cosas; un cerebro capaz de integrar imágenes, sonidos, experiencias táctiles y cinéstésicas (reconocer la postura y movimiento de los músculos); y emociones para registrar y conservar las experiencias útiles. Ahora sí está preparado para experimentar con las cosas de su entorno, manipulándolas hasta descubrir, en pocos meses, lo que a sus antepasados homínidos les llevó más de un millón de años(8). Esto le convertirá en un ser racional, capaz de hablar, escribir y descubrir las leyes que rigen el universo…

¡Engage..!
La diferencia entre presencia y ausencia podría ser la primera distinción racional que hace un bebé (siempre sin saber que lo hace). La presencia caracteriza al ser; la ausencia caracteriza a la nada. Pero como todo lo que emerge en la vida del niño, lo que importa es su diferencia en el tiempo(9): el cambio de la presencia a la ausencia; y de la ausencia a la presencia. La presencia de algo, seguida de su ausencia es la pérdida. Es también el nudo, el enredo, el problema de una historia.

Por el contrario, la pérdida de algo, seguida de su presencia, es el reencuentro. Y también el final feliz de la historia(10).

Todas las historias cuentan lo mismo. Y las historias sagradas. Y las piezas musicales con su sucesión de acordes. Todos los científicos recorren ese camino en sus descubrimientos. Y también los artistas al construir sus obras de arte.

Para comprender la Razón oculta en el comportamiento de las cosas, el bebé necesita jugar con ellas. Llamamos juguetes a los materiales experimentales de los niños. Y el bebé, como el científico, el artista o el guerrero, debe comprometerse emocionalmente con ellos. Pero en un momento crucial, a sus 8 meses, el bebé necesitará la colaboración social insustituible de otros seres humanos adultos: padres o abuelos casi siempre(11). El bebé tomará la iniciativa, pero utilizará al adulto como instrumento social para dominar el alma oculta de las cosas.

Este niño ya llevaba tiempo tirando cosas desde lo alto de su trona. Pero un día tras arrojar el juguete, se quedará mirando al adulto cercano, como diciéndole –“Y ahora  ¿qué?”. Esperando que él que todo lo sabe y que todo lo puede, obre el milagro de que lo que se ha perdido… reaparezca.

Y cuando el adulto le devuelva su juguete, será feliz durante un momento, pero en seguida, la curiosidad le empujará desde su interior clamando: –“¡Engage!”: y volverá a lanzarlo al vacío; y el adulto a recuperarlo de la nada. Una y otra vez. Y después de mil veces, cuando se canse de ese juego tan divertido, el niño sabrá –ya para siempre- que el ser permanece siendo, aunque se haya perdido.

¿Qué es esto? ¿El inicio de un proceso racional? ¿Un compromiso emocional? ¿Una historia épica? ¿El principio de la filosofía metafísica? Todo ello está en germen, pero ya es real y, desde ahí, no dejará de desarrollarse en formas más y más complejas.

En esta imagen del siglo XXIV, vemos a Jean Luc Pickard, capitán de la nave estelar Enterprise dando la orden de ponerse en marcha: -Engage! (¡Adelante!) (12). Parece arrojar algo hacia lo desconocido y eso es lo que hace: comprometerse con arrojo, a explorar nuevos mundos y nuevas civilizaciones hasta donde nadie ha podido llegar… Es Star Treck; ciencia ficción de los años 60 y 90.

Mucho más modestamente describió Piaget en 1936 este acto iniciático, observando a sus propios hijos. Y lo explicó en su libro El nacimiento de la inteligencia en el niño, como la “construcción del objeto” por el niño. Es decir el descubrimiento de la objetividad de las cosas y de sus relaciones racionales.

Pero como estamos viendo, la razón, el descubrimiento y utilización de las leyes objetivas que rigen el mundo, no son algo distante y frío. Requieren un cuerpo capaz de emocionarse. Requiere el acuerdo entre un hemisferio cerebral especializado en crear rutinas, dando un sentido lógico a las historias, y el otro hemisferio especializado en afrontar emocionalmente los desafíos de lo nuevo. Requiere personas capaces de comprometerse con otras personas en tareas pendientes de completar(13).

Y ya está bien por hoy. Al fin y al cabo, esta historia apenas está empezando.

_____
(1) El cerebro del niño (The Whole-Brain Child. 2011), autores: el neuropsiquiatra Daniel J. Siegel y Tina Payne Bryson. En versión electrónica Kindle 2,69€.
Desde 2004 la neuropsiquiatría está acreditada en EEUU como subespecialidad común para psiquiatras y neurólogos, con el nombre de ‘Neurología de la conducta y Neuropsiquiatría’.

(2) ¿Qué nos diferencia de los animales?

(3) Ascidia: nuestro primer cerebro
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(4) Memoria de la vida
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(5) La nada y el ser
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(6) Contando historias
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-Y también: Historia real y narraciones
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(7) La tríada hegeliana
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(8) Homínidos: golpe a golpe
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(9) La Neurona que conquistó el Tiempo

(10) No es lo mismo
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(11) El otro como instrumento
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(12) Engage, engagement (en francés, inglés y alemán). Hacen referencia al aspecto personal del compromiso; pero también a las conexiones objetivas de engranar, enganchar, embragar. Y sociales, como reclutar. Clausewitz y Sun Tzu utilizaron este concepto para referirse a la situación de compromiso inmediatamente antes del enfrentamiento en el campo de batalla. Es decir, a la aplicación práctica de la estrategia sobre el terreno. En la guerra, los aspectos objetivos, materiales y emocionales están entrelazados a menudo de manera impredecible e irreversible.

– Acerca de estos conceptos en la guerra, ver: Sun Tzu: aprovechar lo negativo

– El margen en Clausewitz
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(13) “Una tarea pendiente o una persona que te esté esperando”. Viktor Frankl: En busca del sentido
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2 thoughts on “El sentido y la razón

  1. ¡Tan pequeñitos y ya está todo allí! ¡Qué vértigo! Al leer el apartado “El cuerpo” me he acordado que una neuróloga me explicó que durante los primeros meses de vida los bebés no saben dónde acaba su cuerpo y empieza “lo demás”. Y por lo visto esto les confunde e inquieta. Su consejo era vestir a los bebés con ropa de colores primarios: rojo, verde, azul.
    ¡Precioso tu post!

    • Está todo ahí: el filósofo, el aventurero, el actor, el maestro… desde los primeros meses. ¡Y cómo son capaces de enseñarnos a los adultos!
      Me encanta el consejo de la neuróloga: vestirle con los colores de la Gestalt, para aprender a diferenciar su cuerpo de todo lo demás.
      Un fuerte abrazo, JL

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