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Delirio: entre la creatividad y el conocimiento

En los últimos años se ha dado cada vez más importancia a la creatividad; tanto en la educación de los niños, como dentro de las empresas innovadoras. Pero cuando lo creativo se desliga del conocimiento, lo que emerge es el delirio.

Desde que nacemos somos creativos. Como dijo Picasso, los niños nacen artistas. Porque el cerebro (y especialmente el cerebro humano) está hecho para enfrentarse a lo nuevo; a situaciones que nunca antes se han vivido.

Esto suena extraño, porque es bien conocido que aprendemos del pasado, recordando situaciones que han tenido consecuencias buenas o malas para nosotros. Así es como hacemos diferencias entre lo que nos acontece, según nos haya resultado bien o mal. Si luego se repite, reconoceremos la situación como una oportunidad o un peligro, por los efectos que tuvo anteriormente.

La memoria es útil para enfrentarse a todo lo que se repite en ciclos y que por eso es predecible. Pero también hay sucesos impredecibles. En el mundo actual, estamos rodeados de cosas predecibles y manejables; pero también, cada vez más, de novedades que no sabemos controlar. En su mayoría, son cosas producidas por el hombre, que se han enredado. La evolución biológica, que nos ha dado tantas facilidades, resulta a menudo inadecuada pare enfrentarnos a estas situaciones que suceden demasiado deprisa para llegar a adaptarnos a ellas. Por ejemplo, aprendemos a manejar un móvil, pero no a enfrentarnos a la multitud de consecuencias que se derivan de su uso masivo en un mundo cada vez más complejo.

La imaginación nos sirve sobre todo para tender puentes sobre vacíos; para rellenar huecos. Así vamos construyendo un modelo del mundo con el que nos enfrentamos al mundo real. Pero un puente no se apoya sólo en el aire; necesita pilares sobre los que sostenerse. En la mente, el conocimiento previo es lo que aporta esos pilares a los puentes que tiende nuestra imaginación. Al crear algo nuevo, siempre nos apoyamos en algo ya conocido, que existe o que creemos que existe o que hemos creado imaginariamente.

Desde que nacemos aprovechamos los conocimientos de los demás, adquiriendo así la cultura de nuestros padres, maestros y compañeros de aventuras.

En este blog he escrito repetidamente sobre la pregnancia en un doble sentido: porque las cosas son pregnantes: tienden a impregnarse con otras. Pero las personas también somos pregnantes, porque tenemos la tendencia a impregnarnos y a quedar preñados de lo que nos rodea y especialmente de otras personas cercanas. Quiero decir que nos comprometernos con los demás: en eso consiste nuestra común humanidad.

Llamamos imaginación a esa potencia específicamente humana de saltar al vacío con la mente, poblándolo creativamente con nuevos contenidos. Ese salto –salto metafísico le llamaba Oteiza- es la esencia de todas las artes (y posiblemente de las religiones). Pero el salto en sí no debería prolongarse; hay que volver en seguida a poner los pies en tierra. Esto es, apoyarse en el conocimiento de la realidad, cuanto más práctico (empírico) mejor. Si no se hace así, uno corre el riesgo de perder la cabeza.

El salto al delirio 1: Enamorarse del Amor

W. Blake: Puerta del Infierno: “¡Perded toda esperanza!”

Se dice de alguien que se ha enamorado sin conocer realmente a la persona amada, proyectando en ella todo lo bueno que imagina y desea. Es un delirio, porque el ser amado no es real: sólo existe en su imaginación. Cuando los hechos contradicen las virtudes que le atribuye, el enamorado se niega a admitirlo; o piensa que esos defectos son posibilidades que la amada no ha podido aún realizar, pero que ahora logrará gracias a la ayuda de este nuevo amor. En todo caso, el enamorado tiene por cierto que su amor infinito bastará para superar cualquier dificultad.

El amor no correspondido es una de las formas más perversas de delirio, porque el enamorado atraviesa la puerta del infierno a pesar de conocer la advertencia que figura sobre ella: “¡Perder toda esperanza los que aquí entráis!”.

2: El poder del amado sobre el enamorado

Bette Davis en el papel de Mildred en Of Human Bondage

Cuando he escrito que el enamorado no correspondido entra en un infierno, es porque entrega al ser que ama (al real, no al imaginario) un amor que no merece; y le entrega en consecuencia un poder absoluto (esto es, unilateral) sobre sí mismo.

Naturalmente, lo que digo es válido tanto para hombres como mujeres; y ha pasado y seguirá pasando mientras haya hombres o mujeres capaces de “enamorarse con locura”.

3. El delirio compartido

Hace años conocí el caso de un matrimonio de agricultores que estaban convencidos de ser objeto de una conspiración dirigida personalmente contra ellos. De que los conspiradores maquinaban para bajar el precio de venta de sus productos y que habían llegado a infiltrarse en la alcoba del matrimonio mientras dormían, para inyectar al marido sustancias irritantes en los párpados. Vi a sus familiares movilizados en la capital,  en las noches más crudas del invierno, pidiendo justicia con una pancarta.

Pregunté a un amigo psiquiatra cómo es posible que varias personas compartan un mismo delirio. Y me contestó que el delirio siempre es producto de la imaginación de una persona, aunque luego puede haber otras que se adhieran al mismo, compartiéndolo.

Quizás así puedan explicarse algunos fenómenos colectivos, como las apariciones públicas de la Virgen María. O el pánico masivo desencadenado por la adaptación de Orson Welles para la radio de la novela La guerra de los mundos, en 1938, un año antes del comienzo de la II Guerra Mundial. O la aparición ante numerosos testigos de extraterrestres de 3 m de alto que descendieron de en un platillo volante en Vorónezh cerca de Moscú en 1989, justo antes del colapso de la Unión Soviética.

4. El delirio colectivo y el poder político

Si el delirio de un líder como Hitler o ciertos dirigentes religiosos puede ser compartido por millones de seguidores, entonces, Houston, tenemos un problema.

Como he dicho al tratar del amor no correspondido, el delirio consiste no sólo en percibir como real algo que no existe realmente, sino también en no ver lo que se tiene delante. Lo peor es que facilita el mirar para otro lado, el auto-engaño, cuando lo que se tiene delante resulta impredecible y angustioso.

No es casual que los líderes políticos, también en la actualidad, dediquen tanto esfuerzo a la construcción del enemigo. Podemos verlo cada día en los medios de comunicación de cualquier país. Mientras que el delirio amoroso construye la imagen amada sin fijarse en la realidad que tiene delante, la construcción del enemigo consiste en contar historias que faciliten construir en la mente un enemigo al que odiar, como alternativa a ver otros problemas más reales. Ello supone sustituir la incertidumbre por una buena certeza: la de echar la culpa a alguien de todo lo malo que pueda ocurrir.

Estos son los peligros extremos cuando la imaginación y las emociones secuestran el pensamiento y el conocimiento, en vez de abrirles nuevos caminos.
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4 thoughts on “Delirio: entre la creatividad y el conocimiento

  1. Yo también lo suscribo en su totalidad. Aunque creo que así como el delirio amoroso es un acto puramente emocional sin malicia alguna (D. Quijote y Dulcinea), en cambio la construcción de un enemigo por parte de los políticos es un acto frío creado con premeditación y alevosía. ¿Puede acabar en delirio? Sí. Los nazis con los judíos. O la imagen apocalíptica actual del terrorismo islámico empieza a convertirse también en otro delirio…sustituyendo al de la guerra fría.

    • De acuerdo por completo. He puesto juntos esa serie de casos, uno tras otro, para mostrar cuánto puede llegar a retorcerse la fantasía y su utilización.

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