Crear dioses fue un error

La agricultura iba a trastocar para bien y para mal la capacidad cognitiva de los humanos. Veremos cómo nuestra especie aprendió a hacer mal uso de la maravillosa máquina de pensar recibida en herencia de los antepasados homininos.

El comienzo de la agricultura y ganadería, que facilitó la formación de grandes asentamientos, impulsó el conocimiento humano. Pero también lo redujo en varios aspectos.

Por una parte, los inventos se dispararon. Los humanos construyeron modelos del mundo, del movimiento de los astros, de formas geométricas y de entidades abstractas como los números y las operaciones aritméticas. Inventaron la escritura para guardar registro y facilitar los intercambios a distancia; incluso inventaron la escritura alfabética para generalizar la transmisión social de los mensajes. Todos esos avances supusieron grandes logros de la cultura y pensamiento humanos.

Pero también perdieron muchos conocimientos anteriores. En especial, los conocimientos de las mujeres acerca de las plantas salvajes: de sus efectos alimenticios y medicinales. Esos conocimientos se habían preservado durante milenios transmitiéndose de madres a hijas, que podían encontrar las mismas plantas generación tras generación. Pero en un asentamiento permanente, las plantas importantes eran pocas y siempre las mismas.

Todos los nuevos descubrimientos giraban en torno a las tecnologías de la agricultura y ganadería (aunque pronto lo serían también de la guerra). Eran conocimientos prácticos, cuya aplicación permitía comprobar los resultados de inmediato. Hasta el movimiento de los astros tenía aplicación práctica inmediata, porque indicaba cuándo había que preparar el terreno o iniciar la siembra. El trabajo que hacían tenía sentido. Pero una vez hechas las tareas agrícolas necesarias, empezaba el tiempo de la espera. Y, durante ese intervalo, sucedían cosas inesperadas. Sucesos fuera del control humano: tormentas, sequías o inundaciones, demasiado frío o demasiado calor.

Esta experiencia era nueva para los humanos. Algo que no sucedía al construir herramientas o una casa o durante la caza. Al construir o usar algo, las cosas respondían como se esperaba de ellas: de acuerdo a sus propiedades objetivas y a los fines de quienes las utilizaban. Sin embargo, la agricultura no funcionaba así, según las propiedades de las herramientas y de acuerdo al trabajo humano. También intervenía un factor ajeno. Actualmente lo llamamos meteorología; y sigue siendo tan salvaje y casi tan impredecible como entonces, a pesar de tenerlo continuamente vigilado desde el cielo con satélites.

Hoy sabemos que la naturaleza física, y especialmente los fenómenos de la vida, se rigen por reglas demasiado complejas para nuestros medios de cálculo. El universo nos enseña continuamente que deberíamos ser humildes. Controlamos cosas importantes, pero no todos sus aspectos de una situación. Aún nos queda mucho que aprender.

Pero los humanos de hace 3.000 años consideraron que tras esos fenómenos desconocidos había algún espíritu enfadado. Eso no era nuevo. Los homininos llevaban cientos de miles de años conviviendo en su imaginación con espíritus de las montañas, de las plantas y de los animales. Incluso con los espíritus humanos de sus propios muertos; como vimos en el capítulo 7 El ser reencontrado (1). Y con los de sus antepasados. Los respetaban y los espíritus correspondían respetándoles a ellos.

Tampoco nos vendría mal a nosotros los humanos actuales, el percibir el “espíritu” del planeta y de las aguas y del aire que bebemos y respiramos. Y de las plantas que, además de alimentarnos, alimentan ese aire. Y de los animales, que se mueven por el planeta con emociones y sentimientos parecidos a los nuestros. Quizás así trataríamos con más respeto a cuanto nos rodea. Pero estamos demasiado ocupados y tenemos demasiada prisa, como para considerar lo que vamos dejando aplastado bajo nuestros pies.

Lo cierto es que los agricultores humanos del neolítico creyeron que había espíritus detrás de las tormentas, de las sequías y de las inundaciones. Y, a diferencia de los homininos, adjudicaron a tales espíritus rasgos humanos, sentimientos, emociones y capacidad de tomar decisiones; o sea, personas con subjetividad propia. Pero seres que saciaban sus emociones destruyendo a otros a los que consideraban enemigos. Así los humanos proyectaron en la naturaleza la peor visión acerca de sí mismos.

El azar y la adivinación

De forma general, la razón de que los fenómenos meteorológicos sean tan difíciles de predecir es la presencia del azar.

El azar es la incertidumbre que nos acompaña siempre a los humanos ante el futuro. Es la imposibilidad de predecir con certeza cómo va a ocurrir lo que -por experiencia- hemos aprendido a esperar que ocurra. Nuestra propia existencia está sujeta al azar. Sabemos que hemos de morir, pero no sabemos cuándo ni cómo. Es como tirar al aire una moneda o un dado: puede que caiga a un lado o a otro. Pero no hay manera de saber a cuál.

El azar existe sólo para los humanos. Los demás animales viven atrapados en el presente y en un futuro inmediato (de segundos o minutos) anticipado por sus experiencias anteriores. Pero los humanos habitamos en un marco temporal más amplio de posibilidades, gracias a la experiencia en construir cosas de acuerdo a modelos anticipados en la mente. Y cuando ese marco (físico o mental) se estrecha por cualquier motivo, surgen problemas irresolubles: aparece el azar.

Los humanos somos capaces de predecir ciertas cosas; de imaginar un futuro posible. Por ejemplo, los científicos pueden predecir con exactitud el momento en que que un cometa volverá a pasar cerca de la tierra, cien años después de la última vez que pasó. En cambio, no son capaces de acertar dónde o cuándo se producirá la próxima riada. O de qué lado tocará el suelo un dado en su caída. O cuándo y dónde se detendrá una ruleta que gira libremente.

El azar se produce cuando un espacio se pliega sobre sí mismo. Por eso ningún científico puede predecir en qué punto se detendrá una bola de billar después de rebotar siete veces en los bordes de la mesa. Esto es debido a que cada rebote es un plegamiento del espacio sobre el borde de rebote. El margen de error (representado en la imagen por el círculo alrededor de la bola) aumenta con el recorrido; y al cabo de 7 plegamientos es tan grande como la mesa: desde entonces, la bola podría estar en cualquier punto de la mesa. Eso es el azar.

No hay un espíritu de la bola que decida dónde está, sino una lógica geométrica sencilla de entender (una vez que se entiende).

tabas y dados romanosLos antiguos descubrieron pronto los juegos de azar. Se hicieron populares en Oriente Medio, arrojando al aire tabas (el astrágalo, un huesecillo de la pata del cordero); y en China mediante tallos de milenrama (milhojas). Jugar a las tabas ha sido popular entre los niños y adultos hasta que aparecieron los juegos electrónicos.

Pero, además de un juego, en las primeras civilizaciones se utilizaron tabas dentro de los templos, porque se creía que el azar representaba el espíritu de los dioses y sus intenciones; de manera que el resultado de arrojar las tabas o los dados podía indicar la intención de un dios acerca del resultado de una cosecha o de una batalla a punto de librarse.

Esto era claramente un retroceso del pensamiento humano; pero tuvo y aún sigue teniendo mucho éxito. Sólo hay que ver la actitud de una gran parte de la población humana hacia la lotería y los juegos de azar. La creencia en la “suerte” como un hilo invisible que mantiene conectado el destino personal con el azar y que, erróneamente creen que puede ser controlado.

Estas creencias no son muestras de inteligencia colectiva, sino ejercicios de estupidez socialmente compartida. Son un resultado del funcionamiento del cerebro humano, que es una máquina biológica única, pero que no tiene nada de divina. Y que a veces funciona bien, pero otras, de manera bastante chapucera. Somos capaces de hacer cosas de las que sentirnos orgullosos; pero también otras de las que debemos avergonzarnos.

Construir espíritus inmortales es fácil

Quien piense que construir un espíritu inmortal es difícil, se equivoca. Es el trabajo de cualquier artista. Sólo hay que dar forma a un símbolo y echarlo a rodar. Pero ¿cómo se hace eso?: Inventando una historia, dándole forma en palabras, imágenes, sonidos musicales o tallada en un hueso o madera. Lo más barato es contar una historia a otras personas. Si les gusta, ellas mismas la contarán a otros y éstos a otros más. Se habrá creado un “meme“: un símbolo con vida propia que vive en la mente de su creador y vivirá en la mente de cada receptor.

Los memes son espíritus vivos y, como todos los seres vivos, son mortales y dependen de su entorno. El entorno en este caso es la mente: una propiedad del cerebro en funcionamiento. Mente de su creador y de cada receptor. El meme es un huésped: vive mientras su anfitrión le mantenga vivo. El anfitrión puede creer que tiene por huésped un ser inmortal. Y no le falta razón. Yo también sé que D. Quijote de la Mancha vivirá más tiempo que yo: pero en la mente de otros lectores.

Así se propagan las obras de arte y también los delirios. Todos ellos sobreviven mientras alguien crea en ellos. Esta es la grandeza de la mente humana y también una de sus mayores fragilidades.

En vez de considerar los desastres naturales como un espíritu animal, salvaje y peligroso -como venían haciendo los homininos; o un nivel de nuestra ignorancia como pensamos algunos humanos modernos, los sumerios atribuyeron a esos espíritus sentimientos humanos y capacidad de decisión y planificación como la humana. Les dotaron de personalidad, de una mente humana. Es decir, crearon espíritus a su propia imagen y semejanza, aunque sin cuerpo e inmortales.

No les costó mucho construirlos: les bastó construir historias o escucharlas y tomárselas en serio. Un trabajo con poco gasto en materiales: para construir un dios, ni siquiera tuvieron que emplear las manos.

triadaEsa invención desencadenó toda una cadena de consecuencias delirantes. La más importante fue la creación de sacerdotes organizados en castas que guardaban secretos. La función que ellos mismos se asignaron fue interpretar el pensamiento de los dioses y traducir sus revelaciones a palabras comprensibles para los mortales. Era inevitable que esa función social de intermediarios convirtiese a los sacerdotes en corruptos: Sacerdotes con vientres prominentes, adonde iban a parar los alimentos supuestamente ofrecidos a los dioses.

Y sacerdotes demasiado enjutos -por pensar demasiado y no necesariamente bien- o por pretender volar muy alto durante demasiado tiempo, adoptando el punto de vista de los dioses (2). Si los dioses fueron concebidos por los humanos como seres caprichosos, cuando estuvieron representados por humanos, se volvieron más caprichosos todavía.

Ese fue un inmenso retroceso para la especie humana, del que aún seguimos pagamos sus consecuencias como seres libres capaces de decidir por nosotros mismos y de asumir las consecuencias de nuestros propios actos.

Y ya no sólo porque siguen existiendo todavía religiones, sino porque, al ir volviéndose increíbles, son reemplazadas por nuevas religiones de sustitución (3). Seudo-religiones, como el comunismo y el fascismo (y otras de la vida cotidiana actual como el consumismo y las drogas químicas o sociales), reemplazan a los dioses por conceptos que permiten apartar la mirada de los problemas reales, ofreciendo esperanza a cambio de la sumisión personal a algún tirano, que ni siquiera necesita ser real; y de renunciar a la libertad y la responsabilidad de pensar por nosotros mismos como humanos.

Próximo capítulo: sibila_delfica_586x586Las inteligentes sibilas
Estas mujeres fueron la excepción al dominio masculino en las religiones. Ellas sabían de las paradojas del futuro, algo que los hombres olvidamos.


Ver Índice de capítulos

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NOTAS del presente capítulo

(1) Ver cap. 7: En busca del ser ausente
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(2) No hace falta ser teólogo para comprender el peligro de quedarse colgado en un salto metafísico, sin volver a poner los pies en tierra. Yo lo aprendí de un artista, el escultor Jorge Oteiza. La trascendencia metafísica produce “mal de altura” y es más peligrosa que el alcohol.

– Ver El salto metafísico
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(3) Ver: Religiones de sustitución
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2 comentarios en “Crear dioses fue un error

    1. Y dijo bien: “En el principio no fueron, ciertamente, los dioses de los cielos los que impusieron sacrificios a los hombres en la tierra, sino los sacrificios de los hombres de la tierra los que pusieron dioses en el cielo.” (R.S.F. 2002)

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